jueves, 27 de septiembre de 2012

Amorcito, cuento de Anton Chejov.


Oleñka, la hija del asesor de colegio[1] retirado Plemiannikov, estaba sentada, pensativa, en un peldaño del pórtico, en el patio de su casa. Hacía calor, las moscas insistían en molestar y resultaba agradable pensar que la noche ya estaba cerca.
Desde el este avanzaban oscuras nubes y, de vez en cuando, llegaba una brisa húmeda.
De pie, en medio del patio, mirando al cielo, estaba Kukin, empresario del parque de diversiones Tívoli, quien se hospedaba en un pabellón de la casa.
—¡Otra vez! —decía con desesperación—. ¡Otra vez habrá lluvia! ¡Todos los días llueve, todos los días! Como si fuera a propósito... ¡Es la muerte! ¡Es la ruina! ¡Todos los días tengo tremendas pérdidas!
Agitó los brazos y prosiguió, dirigiéndose a Oleñka:
—Ya ve usted, Olga Semionovna, cómo es nuestra vida. ¡Es para llorar! Uno trabaja, se afana, sufre, no duerme de noche, pensando en la manera de mejorar las cosas y todo ¿para qué? Por un lado, es el público, ignorante y salvaje. Le doy la mejor opereta, la magia, excelentes cupletistas, pero ¿le interesa eso acaso? ¿Lo entiende acaso? No, lo que el público necesita es un teatro de feria. ¡Quiere vulgaridades! Por otro lado, mire usted el tiempo. Casi todas las noches llueve. Desde que empezó, el diez de mayo, siguió lloviendo sin parar todo el mes de mayo y luego también en junio, ¡es algo terrible! El público no viene, y sin embargo el arrendamiento ¿lo pago o no? A los actores ¿les pago o no?
Al atardecer del día siguiente el cielo volvió a nublarse y Kukin decía con risa histérica:
—¡Muy bien!... ¡Que llueva! ¡Que se inunde todo el parque y que me ahogue allí mismo! Ya sé que no voy a tener suerte en este mundo ni tampoco en el otro... ¡Que los actores me demanden ante el juzgado! ¡Que me manden a Siberia a los trabajos forzados! ¡Que me lleven al cadalso! ¡Ja, ja, ja!
Al tercer día sucedió lo mismo... Oleñka escuchaba a Kukin en silencio, con expresión seria, y a veces las lágrimas asomaban a sus ojos. Al final, las desgracias de Kukin la conmovieron y terminó enamorándose de él. Era flaco, de baja estatura, con cara amarilla y el cabello peinado sobre las sienes; hablaba con una débil vocecita de tenor y al hablar torcía la boca; en su cara siempre estaba reflejada la desesperación; y a pesar de todo, suscitó en Oleñka un sentimiento auténtico y profundo. Constantemente, ella amaba a alguien y no podía vivir sin ello. Antes amaba a su papá, que ahora estaba enfermo y pasaba el tiempo sentado en su sillón, a oscuras, respirando con dificultad; luego amaba a su tía, que vivía en Briansk y los visitaba una vez cada dos años; y antes aun, cuando era alumna del colegio, amaba a su profesor de francés. Era una señorita apacible, bondadosa y compasiva, de mirada mansa y tierna; tenía buena salud. Mirando sus llenas y sonrosadas mejillas, su blanco y suave cuello, que tenía un lunar, su ingenua y bondadosa sonrisa, que aparecía en su rostro cuando ella escuchaba algo agradable, los hombres pensaban: «Sí, no está mal...» y sonreían también, mientras que las damas no podían contenerse y, en plena conversación, la asían de la mano y exclamaban, contentas: —¡Amorcito! La casa que habitaba desde el día de su nacimiento y que en el testamento estaba anotada a su nombre, se hallaba en un extremo de la ciudad, en el arrabal gitano, cerca del parque Tívoli; por las noches, al oír la música y el estallido de los cohetes, ella imaginaba a Kukin desafiando a su destino y acometiendo en un ataque frontal contra su principal enemigo: el indiferente público; su corazón latía con dulce ansiedad, ahuyentando el sueño, y cuando él, a la madrugada, regresaba a casa, ella, desde su dormitorio, golpeaba suavemente en la ventana y le sonreía con cariño, sin mostrarle, a través de las cortinas, más que la cara y un hombro... Él pidió su mano y se casaron. Y cuando vio mejor su cuello y sus hombros redondeados y sanos, levantó los brazos y exclamó:
—¡Amorcito!
Era dichoso, pero como llovió el día de la boda y también por la noche, su rostro no cesaba de trasuntar un aire de desesperación.
Después de la boda las cosas marcharon bien. Ella atendía la caja, vigilaba el orden en el parque, anotaba los gastos, se ocupaba de pagar los sueldos, y sus mejillas rosadas, junto con su ingenua y radiante sonrisa, aparecían fugazmente ya en la ventanilla de la boletería, ya entre bastidores, ya en el bufet. Y ya empezaba a decir a sus conocidos que lo más notable, lo más importante y lo más necesario que había en el mundo era el teatro y que sólo en el teatro uno podía obtener el gozo auténtico y llegar a ser culto y humano.
—Pero ¿acaso el público es capaz de entenderlo? —decía ella—. Lo que él necesita es teatro de feria. Anoche poníamos en escena Fausto al revés y casi todos los palcos estaban vacíos; si Vanechka y yo hubiéramos ofrecido alguna obra vulgar, puedes estar seguro, el teatro habría estado repleto. Mañana Vanechka y yo representaremos Orfeo en los infiernos. ¡Venga usted también!
Todo lo que Kukin decía sobre el teatro y los actores, lo repetía ella también. Igual que él, despreciaba al público por su indiferencia hacia el arte y por su ignorancia; intervenía en los ensayos, dando indicaciones a los actores; vigilaba la conducta de los músicos, y cuando el periódico local publicaba alguna nota desfavorable al teatro, ella lloraba y más tarde iba a la redacción a pedir explica­ciones.
Los actores la querían y la llamaban «Amorcito» y «Vanechka y yo»; a su vez ella los compadecía y les daba pequeños préstamos, y cuando la engañaban a veces, lloraba a escondidas, sin quejarse a su marido.
También en invierno las cosas marchaban bien. Arrendaron el teatro de la ciudad por toda la temporada y lo alquilaban por períodos breves ya al elenco ucraniano, ya al prestidigitador, ya a los aficionados locales. Oleñka engordaba y resplandecía de satisfacción, mientras que Kukin se tornaba más flaco y más amarillo y se quejaba de las tremendas pérdidas, aunque durante todo el invierno las cosas iban bastante bien. Por las noches tosía y ella le hacía beber té de frambuesa y de tilo, le frotaba el pecho con agua de colonia y lo envolvía en sus suaves chales.
—¡Lindo mío! —le decía con absoluta sinceridad, alisándole los cabellos—. ¡Lindito mío!
Durante la cuaresma Kukin viajó a Moscú para formar la compañía y ella no podía dormir sin él y pasaba las noches junto a la ventana, mirando las estrellas. En aquellos momentos se comparaba con las gallinas, que tampoco duermen de noche y se sienten intranquilas, si el gallo no está en el gallinero. Kukin se demoró en Moscú, le escribió que pensaba volver para la Semana Santa y en sus cartas ya hacía disposiciones con respecto a Tívoli. Pero en víspera del Lunes Santo, a avanzadas horas de la noche, resonaron de repente lúgubres golpes en el portón; alguien golpeaba el postigo y éste retumbaba como un tonel: ¡bum! ¡bum! ¡bum! La somnolienta cocinera corrió a abrir la puerta, chapoteando en los charcos con los pies descalzos.
—¡Abra, por favor! —decía del otro lado del portón una sorda voz de abajo—. ¡Un telegrama!
También antes Oleñka recibía telegramas de su marido, pero esta vez, sin saber por qué, se quedó atónita. Con manos temblorosas abrió el telegrama y leyó lo siguiente:
«Iván Petrovich falleció hoy súbitamente coratán esperamos disposiciones tepelio martes».
Así estaba en el telegrama: «tepelio» y una palabra incomprensible «coratán»; la firma era del director de la compañía de operetas.
—¡Palomito mío! —exclamó entre sollozos Oleñka—. ¡Vanechka, querido mío! ¿Para qué te habré yo encontrado? ¿Para qué te habré yo conocido y amado? Y ¿por qué dejaste sola a tu pobre y desgraciada Oleñka?
El sepelio de Kukin se realizó el martes, en Moscú, en el cementerio de Vagañkovo; Oleñka regresó a casa el miércoles y apenas entró en su dormitorio cayó sobre la cama y comenzó a llorar en voz tan alta que se la oía en la calle y en las casas vecinas.
—¡Amorcito! —decían las vecinas, persignándose—. Amorcito, Olga Semionovna, ¡cómo se desespera la pobre!
Tres meses después, Oleñka regresaba un día de misa, triste, vestida de riguroso luto. Por casualidad, caminaba a su lado un vecino suyo, Vasily Andreich Pustovalov, encargado del depósito de maderas del mercader Babakaiev. También él salía de la iglesia; llevaba un sombrero de paja y un chaleco blanco con cadenita de oro, y más parecía un terrateniente que un comerciante.
—Cada cosa tiene su orden, Olga Semionovna —decía en tono reposado y con compasión en su voz—. Si alguno de nuestros íntimos se muere es porque Dios lo desea así, y en estos casos debemos recordarlo y resignarnos.
Después de acompañar a Oleñka hasta la puerta de su casa, él se despidió y siguió su camino. Durante el resto del día, su reposada voz resonó en los oídos de Oleñka y apenas cerraba ella los ojos se le aparecía su oscura barba. Por lo visto, ella a su vez le causó impresión, ya que poco tiempo después fue a visitarla una señora de edad, a quien ella apenas conocía y quien, no bien se había sentado a la mesa, se puso a hablar sin tardanza acerca de Pustovalov, en el sentido de que era una persona buena y seria y que cualquier mujer estaría muy contenta, casándose con él. Tres días más tarde el mismo Pustovalov le hizo una visita; se quedó poco tiempo, unos diez minutos, y habló poco, pero Oleñka lo quería ya, lo quería tanto, que no pudo pegar ojo en toda la noche, ardía como si tuviera fiebre y a la mañana siguiente mandó llamar a la señora de edad. Al cabo de poco tiempo se comprometieron; luego celebraron la boda.
Después del casamiento las cosas marcharon bien. Habitualmente él permanecía en el depósito de maderas hasta la hora de almorzar, luego iba a hacer diligencias y lo reemplazaba Oleñka, quien quedaba en la oficina hasta la noche, escribiendo las cuentas y despachando las mercaderías.
—El precio de la madera sube ahora cada año un veinte por ciento —decía ella a los compradores y a sus conocidos—. Figúrese, antes vendíamos maderas locales, pero ahora Vanechka tiene que viajar todos los años a las provincias de Moguilev para buscar madera. ¡Y qué tarifas! —exclamaba, cubriéndose ambas mejillas con las manos, en señal de terror—. ¡Qué tarifas!
Le parecía que desde tiempos remotos se dedicaba a comerciar en madera, que lo más importante y lo más necesario en la vida era la madera y que había algo íntimo y conmovedor en las palabras: viga, estaca, tabla, listón, alfarjía, rollizo, tirantillo, costero... Por las noches soñaba con montañas enteras de tablones y de tirantes; con interminables caravanas de carros que transportaban madera a largas distancias; soñaba que todo un regimiento de troncos, del tamaño de doce por cinco, atacaba el depósito de madera en una acción de guerra, y que los troncos, las vigas y los costeros se golpeaban, emitiendo el sonoro ruido de madera seca; todos caían y de nuevo se levantaban encaramándose unos sobre otros; Oleñka dejaba escapar un grito y se despertaba, mientras Pustovalov le decía con ternura:
—Oleñka, ¿qué tienes, querida? ¡Persígnate!
Sus pensamientos eran los mismos que los de su marido. Si él opinaba que en la habitación hacía calor o que los negocios marchaban con cierta lentitud, lo mismo pensaba ella. Su marido no era afecto a las diversiones y en los días festivos se que­daba en casa; ella hacía lo mismo.
—Ustedes siempre están en casa o en la oficina —les decían sus conocidos—. ¿Por qué no van alguna vez al teatro o al circo?
—Vanechka y yo no tenemos tiempo para ir al teatro —respondía ella con dignidad­. Somos gente de trabajo y no estamos para estas cosas. Y además ¿qué hay de bueno en estos teatros?
Los sábados iban a oír Las Vísperas, los días de fiesta a misa y, regresando de la iglesia, caminaban juntitos, con rostros enternecidos; los dos olían bien y el vestido de seda de ella producía un agradable murmullo; en casa tomaban té con pan de leche y con toda clase de dulces, luego comían un pastel. Todos los días, a mediodía, en el patio de la casa y aun en la calle flotaba un sabroso olor a borsch[2], cordero asado o pato; en los días de vigilia olía a pescado y no se podía pasar cerca del portón sin sentir ganas de comer. El samovar en la oficina siempre estaba con agua hirviente y a los clientes se les convidaba con té y rosquillas. Una vez por semana los esposos iban a la casa de baños y volvían caminando juntitos, los dos con rostros colorados.
—Estamos bien, gracias a Dios —decía Oleñka a sus conocidos—. ¡Ojalá que todos vivan como nosotros!
Cuando Pustovalov partía a la provincia de Moguilev para traer madera, ella lo extrañaba mucho, no podía dormir por las noches, lloraba. A veces la visitaba el veterinario militar Smirnin, hombre joven, que alquilaba un pabellón de su casa. Le contaba alguna historia o jugaba con ella a los naipes y esto la divertía. Especialmente interesantes resultaban los relatos de su propia vida familiar; estaba casado y tenía un hijo, pero se hallaba separado de su mujer porque ella lo había engañado; ahora la odiaba y le enviaba mensualmente cuarenta rublos para la manutención del niño. Escuchándolo, Oleñka suspiraba y meneaba la cabeza, y sentía lástima por él.
—¡Que Dios guarde a usted! —decía, despidiéndolo, mientras lo acompañaba con la bujía hasta la escalera—. Gracias por haber compartido mi aburrimiento y que la Reina de los cielos le dé a usted mucha salud...
Imitando a su marido, se expresaba siempre en forma digna y juiciosa; el veterinario desaparecía detrás de la puerta, cuando ella lo llamaba para decir:
—Sabe, Vladimir Platonich, debería usted de hacer las paces con su mujer. Debería de perdonarla, aunque sea por el hijo... El chico, seguramente, ya entiende todo.
Y cuando regresaba Pustovalov, le contaba a mecha voz acerca del veterinario y de su desdichada vida familiar, y los dos suspiraban, meneando la cabeza, y hablaban sobre el chico, que, seguramente, extrañaba a su padre; luego, por un extraño correr del pensamiento, ambos se colocaban ante los iconos y, haciendo profundas reverencias, rogaban a Dios que les mandara hijos.
Y así vivieron los Pustovalov en paz, en amor y en completa concordia durante seis años. Pero una vez, en invierno, Vasily Andreich, después de beber té caliente en el depósito, salió sin la gorra a despachar madera, tomó frío y cayó enfermo. Lo aten­dían los mejores médicos de la ciudad, pero la enfermedad se impuso y él murió al cabo de cuatro meses. Y de nuevo Oleñka quedó viuda.
—¿Por qué me has abandonado, palomito mío? —sollozaba después del entierro—. ¿Cómo voy a vivir ahora sin ti, sola y desgraciada? Buena gente, tengan piedad de mí que soy una huérfana...
Llevaba vestido negro con crespones y desechó para siempre el sombrerito y los guantes; salía pocas veces y sólo lo hacía para ir a la iglesia o a visitar la tumba de su marido; vivía en su casa como una monja. Y sólo al transcurrir seis meses, se quitó los crespones y comenzó a abrir los postigos de las ventanas. A veces se la veía ir al mercado con su cocinera, pero cómo vivía ahora en su casa y qué pasaba ahora allí, de eso sólo podían hacerse conjeturas. Algunos, por ejemplo, adivinaban algo porque la habían visto tomar el té en su pequeño jardín, en compañía del veterinario, quien le leía el periódico en voz alta, y aun porque, al encontrarse en el correo con una dama conocida, Oleñka le había dicho:
—Nuestra ciudad carece de un adecuado control veterinario y ésta es la causa de muchas enfermedades. En todo momento se oye hablar de que la gente se enferma por causa de la leche y porque se contagian de los caballos y de las vacas. En realidad, hay que cuidar la salud de los animales domésticos de la misma manera como se cuida la de las personas.
Repetía las ideas del veterinario y sobre cualquier asunto tenía ahora la misma opinión que tenía él. Era evidente que no podía pasar ni siquiera un año sin cariño y que encontró su nueva dicha en un ala de su propia casa. A otra mujer en su lugar la hubieran juzgado con severidad, pero nadie podía pensar mal de Oleñka, pues todo era muy claro en su vida. Ni ella ni el veterinario revelaban a nadie el cambio que se había operado en sus relaciones; más aun, trataban de ocultarlo, pero no lo lograban, ya que Oleñka no podía tener secretos. Cuando lo visitaban los colegas del regimiento, ella, sirviéndoles el té o la cena, se ponía a hablar de la peste de los vacunos, de la perlesía, de los mataderos de la ciudad, mientras que él se sentía terri­blemente confundido y, una vez retirados los visitantes, la cogía por la mano y le susurraba, enojado:
—¡Te he pedido ya que no hables de lo que no entiendes! Cuando los veterinarios conversamos entre nosotros, hazme el favor de no entrometerte. ¡Al final, esto ya resulta tedioso!
Ella lo miraba, sorprendida y alarmada, y le preguntaba:
—Volodechka ¿y de qué quieres que hable?
Y lo abrazaba, con lágrimas en los ojos, suplicándole que no se enojara, y ambos eran dichosos.
Empero, esta dicha no fue larga. El veterinario se había ido junto con su regimiento, se había ido para siempre, ya que el regimiento había sido trasladado muy lejos, poco menos que a Siberia. Y Oleñka quedó sola.
Esta vez estaba ya completamente sola. Su padre hacía tiempo ya que había muerto y su sillón se hallaba tirado en el desván, cubierto de polvo y con una pata menos. Ella estaba más delgada y menos bella, y en la calle los transeúntes ya no la miraban como antes ni le sonreían; por lo visto, habían pasado ya sus mejores años, se había quedado atrás, y comenzaba ahora una nueva vida desconocida, en la cual mejor era no pensar. Al anochecer, Oleñka se sentaba en el pórtico y desde el Tívoli llegaba a sus oídos la música y el estallido de los cohetes pero eso ya no suscitaba en ella ninguna clase de ideas. Paseaba su mirada indiferente por el patio vacío, sin pensar ni desear nada, y luego, al llegar la noche, iba a dormir; en los sueños se le aparecía su patio desierto. Comía y bebía como por obligación.
Pero lo fundamental, y lo peor, era no tener ninguna opinión. Ella veía los objetos que la rodeaban y comprendía todo lo que pasaba alrededor de ella, pero no podía formar su opinión sobre ningún asunto ni sabía tampoco de qué hablar. ¡Y qué terrible resulta no tener ninguna opinión! Se ve, por ejemplo, una botella en pie, o si está lloviendo, o bien un mujik está viajando en su carro, pero para qué está allí la botella o la lluvia, o el mujik y qué sentido tienen, eso ni se sabe ni se sabría explicar, aunque le dieran a uno mil rublos. En los tiempos de Kukin y de Pustovalov y más tarde con el ve­terinario Oleñka podía explicarlo todo y hubiera podido dar su opinión sobre cualquier asunto, ahora, en cambio, sus pensamientos y su corazón estaban tan desiertos como su patio. Y sentía miedo y amargura, como si hubiera comido ajenjo hasta hartarse.
Poco a poco, la ciudad se ensanchaba en todas direcciones; el arrabal gitano era una calle, y en el sitio donde antes tenían ubicación el parque Tívoli y los depósitos de madera, crecieron edificios y se formó una red de callejuelas. ¡Cuán rápido corre el tiempo! La casa de Oleñka se tornó más oscura, el techo está oxidado, el cobertizo tiende a inclinarse hacia un costado y todo el patio exterior se halla cubierto de maleza y de ortigas. La misma Oleñka está más vieja y más fea; en verano permanece sentada en el pórtico, y su alma, igual que antes, está vacía; sólo hay en ella un tedio y un leve sabor a ajenjo. En invierno ella se queda sentada junto a la ventana, contemplando la nieve. Y cuando llega un soplo de primavera, cuando el viento trae el tañido de las campanas de la catedral, y los recuerdos del pasado de golpe invaden su mente, su corazón se oprime con dulzura y le hace derramar abundantes lágrimas, pero sólo por un instante; luego vuelve el vacío y uno no sabe para qué vive. Bryska, la gatita negra, buscando mimos, ronronea suavemente, pero estas caricias gatunas no conmueven a Oleñka. ¿Acaso es esto lo que ella necesita? Si tuviera un amor que se apoderara de todo su ser, su alma, su mente; que le diera ideas, dirección a su vida; que calentara su sangre aletargada...Y ella echa a la negra Bryska de sus rodillas, diciéndole con fastidio:
—Vete, vete... ¡Nada tienes que hacer aquí! Y así día tras día, año tras año, sin ninguna alegría y sin ninguna opinión. Con lo que decía Mayra, la cocinera, estaba ya todo dicho.
Al anochecer de un caluroso día de julio, cuando por la calle arreaban un rebaño y nubes de polvo llenaban el patio, de pronto alguien golpeó en el portón. Oleñka misma fue a abrir y apenas miró al visitante quedó atónita: en la calle estaba el ve­terinario Smirnin, ya canoso y vestido de civil. De repente ella recordó todo y, sin poder contenerse, rompió a llorar y apoyó la cabeza sobre el pecho de él; sin decir una palabra, presa de una fuerte agitación, no se dio cuenta cómo habían entrado en la casa y cómo se habían sentado a la mesa para tomar el té.
—¡Palomito mío! —murmuraba, temblando de alegría—. ¡Vladimir Platonich! ¿De dónde lo trae Dios?
—Quiero instalarme aquí definitivamente —contaba él—. Pasé a retiro y quiero probar suerte aquí; anhelo una vida libre y estable. Además, ha llegado el momento de mandar a mi hijo al colegio de secundaria. Ha crecido. Me he reconciliado con mi mujer ¿sabe?
—¿Y dónde está ella? —preguntó Oleñka. —Está en una hostería, junto con mi hijo, mientras yo ando buscando un apartamento.
—Dios mío, y ¿por qué no toma mi casa? ¿Acaso no sirve para vivir? Ay Dios, si yo no pienso cobrarles... —se agitó Oleñka y volvió a llorar—. Ustedes vivirán aquí... para mí es suficiente el pabellón. ¡Qué alegría, Dios mío!
Al día siguiente ya estaban pintando el techo y blanqueando las paredes de la casa y Oleñka, en jarras, andaba por el patio dando órdenes. Su rostro estaba iluminado por su antigua sonrisa, y toda ella parecía animada y remozada, como si se hubiera despertado de un largo sueño. Llegó la mujer del veterinario, una dama flaca y fea, de cabellos cortos y cara caprichosa, acompañada de Sasha, un niño regordete, de claros ojos azules, con hoyuelos en las mejillas, y cuya poca estatura no correspondía a su edad (tenía nueve años cumplidos).Y apenas entró en el patio, el chicuelo se puso a correr tras la gata y no tardó en oírse su risa alegre.
—¡Tía!... ¿Es suya esta gata? —preguntó a Oleñka—. Cuando tenga crías, regálenos, por favor, un gatito. A mamá le dan mucho miedo los ratones.
Oleñka conversó con él, le hizo tomar el té y sintió de repente que entraba un calor agradable en su pecho y que su corazón se oprimía dulcemente como si el chiquillo fuese su hijo. Y cuando, por la tarde, él estaba haciendo los deberes en el comedor, ella lo miraba con ternura, susurrando:
Palomito mío... lindito... ¡Chiquillo mío, qué inteligente que eres, qué blanquito!
—Se llama isla una porción de tierra —leyó el chico— rodeada de agua por todas partes.
—Se llama isla una porción de tierra... —repitió ella, y era esta la primera opinión suya expresada con seguridad, después de tantos años de silencio y de vacío en la mente.
Y ya tenía sus opiniones y durante la cena conversaba con los padres de Sasha acerca de las dificultades que los niños tenían ahora para estudiar en los colegios, recalcando que, a pesar de todo, la instrucción clásica era mejor que la profesional, por cuanto el colegio ofrecía todas las perspectivas: uno podía estudiar luego lo mismo para médico que para ingeniero.
Sasha empezó a ir al colegio. Su madre había ido a Karkov, para visitar a su hermana y no volvía; su padre partía todos los días a inspeccionar rebaños y solía pasar afuera varios días, y le parecía a Oleñka que Sasha quedaba completamente abandonado, que era un extraño en casa de sus padres y que se moría de hambre; y ella lo trasladó a su pabellón y lo acomodó allí en una pequeña habitación.
Hace ya medio año que Sasha vive en su casa. Todas las mañanas Oleñka entra en su cuarto, el niño duerme profundamente, sin respirar, apoyando la mejilla en una mano. Le da lástima despertarlo.
—¡Sasheñka, Sasheñka! —le dice tristemente—. ¡Levántate, palomito! Es hora de ir al colegio.
El muchacho se levanta, se viste, dice una oración y se sienta a tomar el té; bebe tres vasos de té y come dos rosquillas y la mitad de un pan francés con manteca. Aún no se ha despertado del todo y está de mal humor.
—Sasheñka, no conoces la fábula de memoria; no la has aprendido bien —dice Oleñka y lo mira de tal manera, como si lo despidiera para un largo camino—. Estoy preocupada por ti. Trata de estudiar bien, palomito... Hay que obedecer a los profe­sores.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! —dice Sasha.
Luego él va por la calle al colegio, pequeñito, pero con una gorra grande y con un cartapacio a la espalda. Tras él camina sigilosamente Oleñka.
¡Sasheñka—a! —lo llama.
Él se vuelve y ella le pone en la mano un dátil o un caramelo. Al doblar por el callejón en que está el colegio, el chico siente vergüenza de ser acompañado por una mujer alta y corpulenta; vuelve la cabeza y dice:
—Regresa a casa, tía; a partir de aquí ya llegaré solo.
Ella se detiene y lo sigue con la mirada, sin pestañear hasta que el chicuelo desaparece en la entrada del colegio. ¡Ah, cómo lo quiere! Entre sus cariños anteriores ninguno había sido tan profundo; nunca su alma se había sometido de manera tan desinteresada, tan abnegada y tan placentera como ahora, al tomar cada vez más incremento su sentimiento maternal. Por este chiquillo, que le era extraño, por los hoyuelos de sus mejillas, por su gorra, ella daría su vida, la daría con satisfacción, con lágrimas de alegría. ¿Por qué? Vaya uno a saber por qué...
Después de acompañar a Sasha al colegio, regresa a casa, sin apresurarse, satisfecha, sosegada, llena de amor; su rostro, rejuvenecido en el último año y medio, sonríe, radiante; los transeúntes, mirándola, sienten satisfacción y le dicen:
—¡Buenos días, Olga Semionovna! ¿Cómo le va, amorcito?
—Ahora ya no es tan fácil estudiar en el colegio —cuenta ella en el mercado—. Figúrese, ayer, en primer año mandaron tantos deberes: una traducción del latín, un problema y una fábula de memoria... ¿Acaso es fácil para un chico?
Y ella se pone a hablar de los deberes, de los profesores, de los manuales, diciendo lo mismo que dice Sasha.
Después de las dos almuerzan juntos; al anochecer, juntos hacen los deberes y lloran. Acostándolo en la cama, lo santigua largamente y susurra una oración; luego, acostada ella misma, piensa en aquel lejano y nebuloso futuro en que Sasha, terminados sus estudios, será algún día médico o ingeniero, tendrá una gran casa propia, caballos y carruajes; se casará y tendrá hijos... Ella se duerme, pensando siempre en lo mismo, y de sus ojos cerrados se asoman las lágrimas y se deslizan lentamente por las mejillas. Y la gatita negra está recostada cerca de ella y ronronea:
—Mur... mur... mur...
De repente se oyen fuertes golpes en el portón. Oleñka se despierta y el miedo le corta la respiración; su corazón late con fuerza. Pasa medio minuto y vuelven a resonar los golpes. «Debe ser un telegrama de Karkov —piensa ella y todo su cuerpo empieza a temblar—. La madre quiere que Sasha vaya a vivir con ella, en Karkov... ¡Dios mío!». Está presa de desesperación; la cabeza, los pies y las manos se le ponen fríos y, al parecer, en todo el mundo no hay persona más desdichada que ella. Pero transcurre un minuto más, se oyen voces: es el veterinario que regresó del club. «Ah bueno, no es nada, gracias a Dios», piensa ella. Poco a poco cae el peso de su corazón y vuelve a sentirse bien; se acuesta y piensa en Sasha, quien duerme profundamente en la habitación vecina y, de vez en cuando, dice en sueños:
—¡Te voy a dar! ¡Vete! ¡No me toques!


[1] Octava clase en la escala jerárquica civil rusa.
[2] Sopa de remolacha, col y otras verduras.

El álbum, cuento de Anton Chejov


El consejero administrativo Craterov, delgado y seco como la flecha del Almirantazgo, avanzó algunos pasos y, dirigiéndose a Serlavis, le dijo:
—Excelencia: Constantemente alentados y conmovidos hasta el fondo del corazón por su gran autoridad y paternal solicitud...
—Durante más de diez años —le sopló Zacoucine.
—Durante más de diez años... ¡Jum!... En este día memorable, nosotros, sus subordinados, ofrecemos a su excelencia, como prueba de respeto y de profunda gratitud, este álbum con nuestros retratos, haciendo votos porque su noble vida se prolongue muchos años y que por largo tiempo aún, hasta la hora de la muerte, nos honre con...
—Sus paternales enseñanzas en el camino de la verdad y del progreso            —añadió Zacoucine, enjugándose las gotas de sudor que de pronto le habían invadido la frente. Se veía que ardía en deseos de tomar la palabra para colocar el discurso que seguramente traía preparado.
—Y que —concluyó— su estandarte siga flotando mucho tiempo aún en la carrera del genio, del trabajo y de la conciencia social.
Por la mejilla izquierda de Serlavis, llena de arrugas, se deslizó una lágrima.
—Señores —dijo con voz temblorosa—, no esperaba yo esto, no podía imaginar que celebraran mi modesto jubileo. Estoy emocionado, profundamente emocionado, y conservaré el recuerdo de estos instantes hasta la muerte. Créanme, amigos míos, les aseguro que nadie les desea como yo tantas felicidades... Si alguna vez ha habido pequeñas dificultades... ha sido siempre en bien de todos ustedes...
Serlavis, actual consejero de Estado, dio un abrazo a Craterov, consejero de estado administrativo, que no esperaba semejante honor y que palideció de satisfacción. Luego, con el rostro bañado en lágrimas como si le hubiesen arrebatado el precioso álbum en vez de ofrecérselo, hizo un gesto con la mano para indicar que la emoción le impedía hablar. Después, calmándose un poco, añadió unas cuantas palabras muy afectuosas, estrechó a todos la mano y, en medio del entusiasmo y de sonoras aclamaciones, se instaló en su coche abrumado de bendiciones. Durante el trayecto sintió su pecho invadido de un júbilo desconocido hasta entonces y de nuevo se le saltaron las lágrimas.
En su casa lo esperaban nuevas satisfacciones. Su familia, sus amigos y conocidos le hicieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que hubiera sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido. Durante la comida del jubileo no cesaron los brindis, los discursos, los abrazos y las lágrimas. En fin, que Serlavis no esperaba que sus méritos fuesen premiados tan calurosamente.
—Señores —dijo en el momento de los postres—, hace dos horas he sido indemnizado por todos los sufrimientos que esperan al hombre que se ha puesto al servicio, no ya de la forma ni de la letra, si se me permite expresarlo así, sino del deber. Durante toda mi carrera he sido siempre fiel al principio de que no es el público el que se ha hecho para nosotros, sino nosotros los que estamos hechos para él. Y hoy he recibido la más alta recompensa. Mis subordinados me han ofrecido este álbum que me ha llenado de emoción.
Todos los rostros se inclinaron sobre el álbum para verlo.
—¡Qué bonito es! —dijo Olga, la hija de Serlavis—. Estoy segura de que no cuesta menos de cincuenta rublos. ¡Oh, es magnífico! ¿Me lo das, papá? Tendré mucho cuidado con él... ¡Es tan bonito!
Después de la comida, Olga se llevó el álbum a su habitación y lo guardó en su secreter. Al día siguiente arrancó los retratos de los funcionarios, los tiró al suelo y colocó en su lugar los de sus compañeras de colegio. Los uniformes cedieron el sitio a las esclavinas blancas. Colás, el hijo pequeño de su excelencia, recortó los retratos de los funcionarios y pintó sus trajes de rojo. Colocó bigotes en los labios afeitados y barbas oscuras en los mentones imberbes. Cuando no tuvo nada más para colorear, recortó siluetas y les atravesó los ojos con una aguja, para jugar con ellas a los soldados. Al consejero Craterov lo pegó de pie en una caja de fósforos y lo llevó colocado así al despacho de su padre.
—Papá, mira, un monumento.
Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás.
—Anda, pilluelo, enséñaselo a mamá para que lo vea ella también.

En la administración de correos, cuento de Anton Chejov


La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
—Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En realidad era una mujer que valía la pena.
—Sí; cuantos la veían quedaban admirados —accedió el administrador—. Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su carácter: la quería (¡Dios la tenga en su gloria!) porque ella, con su carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel, a mí, el viejo.
El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto de incredulidad.
—¿No lo cree usted? —le pregunto el jefe de Correos.
—No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora demasiado..., entendez vous...? sauce provenzale...
—¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar la certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo ponía en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me podía ser infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar la castidad de mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una hechicería. Con que las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo que tocaba a la fidelidad de mi esposa.
—¿Cuáles son esas palabras mágicas?
—Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores. Ustedes mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer, Alona, sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski». Con esto bastaba. Nadie se atrevía a cortejar a Alona, por miedo al jefe de Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de que Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a enredarse con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza de denuncias. Por ejemplo, vería a tu gato vagabundeando y te denunciaría por dejar tus animales errantes...; por ejemplo...
—¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de Policía? —exclaman todos con asombro.
—Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad os llamé a engaño!
Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el silencio.
Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este viejo gordo y de nariz encarnada se había mofado de nosotros.
—Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que no nos volverás a coger —murmuró alguien.

miércoles, 29 de agosto de 2012

El hombre de negocios, cuento de Edgar Allan Poe



El método es el alma de los negocios.
 (Antiguo adagio)

Soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. El método es lo que cuenta, después de todo. Pero a nadie desprecio más profundamente que a esos excéntricos que charlan mucho sobre el método sin entenderlo, y que se atienen estrictamente a la letra mientras violan el espíritu. Individuos así se pasan la vida haciendo las cosas más desorbitadas, de una manera que ellos califican de ordenada. Pero esto es una paradoja; el verdadero método pertenece tan sólo a lo que es normal, ordinario y obvio, y no se puede aplicar a nada outré. ¿Acaso sería posible referirse a una nube metódica, o a un fatuo sistemático?
Mis nociones sobre este punto podrían no haber sido todo lo claras que son, de no mediar un afortunado accidente que me ocurrió en la infancia. Una bondadosa y anciana niñera irlandesa (a quien no olvidaré en mi testamento) me agarró un día por los pies, en momentos en que yo alborotaba más de lo necesario, y luego de hacerme revolar dos o tres veces, me maldijo empecinadamente por ser «un mocoso gritón», y me convirtió la cabeza en una especie de tricornio, golpeándola contra un poste de la cama. Debo reconocer que esto decidió mi destino e hizo mi fortuna. No tardó en salirme un gran chichón en la coronilla, el cual se convirtió para mí en el órgano del orden. De ahí proviene ese marcado gusto por el sistema y la regularidad que me han convertido en el distinguido hombre de negocios que soy.
Para mí, lo más odioso en esta tierra es un hombre de genio. Los genios son una colección de asnos redomados; cuanto más geniales, más asnos; y no hay ninguna excepción a la regla. Imposible hacer un hombre de negocios de un genio; sería como querer sacar dinero a un judío o nueces a un abeto. Dichos seres se salen continuamente del buen camino para dedicarse a alguna ocupación fantástica o a ridículas especulaciones, totalmente divorciadas de las cosas bien ordenadas; jamás hacen negocios que puedan considerarse como tales. Resulta fácil descubrir a estos personajes por la naturaleza de sus ocupaciones. Si alguna vez repara usted en un hombre que se instala como comerciante o fabricante, que fabrica algodón, tabaco o cualquiera de esos excéntricos productos, que se ocupa de tejidos, jabón, o algo parecido, o pretende ser abogado, herrero o médico, es decir, cualquier cosa fuera de lo usual... pues bien, tenga la seguridad de que es un genio y, por tanto, de acuerdo con la regla de tres, es un asno.
En cuanto a mí, no tengo absolutamente nada de genio, sino que soy un hombre de negocios normal. Mi diario y mi libro mayor pueden demostrarlo en un minuto. Están bien llevados, aunque sea yo quien lo dice, y no es el reloj quien va a ganarme en mis hábitos de exactitud y puntualidad. Lo que es más, mis ocupaciones han coincidido siempre con las costumbres ordinarias de mis semejantes. Y no es que a este respecto me sienta en lo más mínimo agradecido a mis débiles progenitores, quienes sin duda hubieran hecho de mí un redomado genio si mi ángel guardián no hubiese acudido oportunamente a socorrerme. En las biografías la verdad es lo que cuenta, y muchísimo más en una autobiografía; no obstante, apenas espero que me crean si afirmo solemnemente que mi pobre padre me hizo ingresar a los quince años en la oficina de lo que él llamaba «un respetable comerciante y comisionista en ferretería, que hace excelentes negocios». ¡Excelentes negocios! ¡Excelentes disparates, diría yo! Como consecuencia de esta locura, tuve que volverme dos o tres días después a casa de mi obtusa familia, víctima de un acceso de fiebre y sufriendo los más violentos y peligrosos dolores en la coronilla, vale decir, alrededor de mi órgano del orden. Estuve entre la vida y la muerte durante seis semanas, y los médicos me desahuciaban. Pero, aunque sufrí mucho, quedé muy agradecido. Me había salvado de convertirme en un «respetable comerciante y comisionista en ferretería, que haría excelentes negocios», y bendije la protuberancia que había coadyuvado a mi salvación, así como a la bondadosa mujer que había puesto dicho medio a mi alcance.
La mayoría de los chicos se escapan de su casa entre los diez y los doce años, pero yo esperé hasta los dieciséis. Y ni siquiera creo que me hubiese ido, de no oír hablar a mi madre sobre un proyecto de instalarme por mi cuenta con un negocio de almacén. ¡Un negocio de almacén! ¡Nada menos! Inmediatamente resolví marcharme, a fin de iniciar por mi lado alguna tarea decente sin seguir esperando el resultado de los caprichos de aquellos excéntricos viejos, ni correr el peligro de que al final hicieran de mí un genio. Mi proyecto se vio coronado por el mejor de los éxitos en la primera tentativa y al cumplir los dieciocho años me encontré haciendo amplios y proficuos negocios en el renglón de la Propaganda Callejera de Sastrerías.
Las onerosas tareas de mi profesión sólo podía llevarlas a cabo gracias a la rígida fidelidad a un sistema que constituía el rasgo distintivo de mi inteligencia. El método escrupuloso caracterizaba tanto mis acciones como mis cuentas. En mi caso no era el dinero, sino el método, quien «hacía» al hombre —por lo menos aquello que no hacía el sastre que me empleaba—. Todas las mañanas, a las nueve, me presentaba para que éste me entregara las ropas del día. A las diez ya me hallaba en algún paseo de moda o lugar frecuentado por el público. La precisión y regularidad con que hacía girar mi elegante persona, a fin de mostrar sucesivamente cada porción de mi vestimenta, era la admiración de todos los conocedores del oficio. Jamás llegaba el mediodía sin que regresara con algún cliente a la sastrería de los señores Corte y Vuelva. Lo digo orgullosamente, pero con lágrimas en los ojos, pues aquella firma se condujo conmigo de la manera más ingrata. La moderada cuenta por la cual disputamos, para finalmente separarnos, no puede considerarse en modo alguno excesiva; no lo pensarían así aquellos que conocen a fondo la profesión. De todas maneras, siento tanto orgullo como satisfacción al permitir que el lector juzgue por sí mismo. He aquí cómo estaba redactada mi cuenta:





SEÑORES CORTE Y VUELVA, SASTRES, DEBEN
A PETER PROFITT, ANUNCIADOR CALLEJERO:



Cents
Julio 10.-
Paseo como de costumbre, y regreso con un cliente……
25
Julio 11.-
ídem íd. íd………………………………………….……….
25
Julio 12.-
Mentira de segunda clase: género negro estropeado vendido como verde invisible….………………….

25
Julio 13.-
Mentira de primera clase: recomendación de un satinete como si fuera de paño fino

75
Julio 20.-
Compra de un cuello de papel, para hacer juego con el completo gris…..……………………………………

2
Agosto 15.-
Por vestir el traje con doble forro (mientras el termómetro marcaba 706 a la sombra)……………

25
Agosto 16.-
Por pararme en una sola pierna durante tres horas, para exhibir los nuevos pantalones con trabilla, a 12,1/2 centavos por pierna y por hora……………

37,1/2
Agosto 17.-
Paseo como de costumbre, y regreso con un cliente (hombre muy grueso)………………………………

50
Agosto 18.-
ídem íd. íd. (estatura mediana)…………………………..
25
Agosto 19.-
ídem íd. íd. (estatura pequeña y mal pagador)…………
6

Total…………………………………………………..
$2,951/2


El punto en disputa de mi cuenta era el muy moderado precio de dos centavos por el cuello de papel. Doy mi palabra de honor de que no era un precio exagerado. Se trataba de uno de los cuellos más limpios y bonitos que he visto nunca, y tengo buenas razones para creer que influyó en la venta de los tres completos grises. Sin embargo, el socio principal de la firma sólo quiso pagarme un centavo, tomando a su cargo la demostración de cuántos cuellos podían obtenerse con una hoja de papel de oficio. Inútil señalar que insistí en el principio de la cosa. Los negocios son los negocios, y deben ventilarse como corresponde. No alcanzaba a distinguir ningún sistema en el hecho de que me estafaran un centavo (un evidente fraude del 50 por 100), y mucho menos un método. Abandoné de inmediato el empleo de los señores Corte y Vuelva, instalándome por mi cuenta en el negocio del Mal de Ojo, que es una de las ocupaciones ordinarias más lucrativas, respetables e independientes.
También aquí entraron en juego mi estricta integridad, economía y rigurosas costumbres comerciales. Pronto me encontré en plena prosperidad, y no tardé en ser muy conocido y señalado. La verdad es que jamás me metí en negocios sensacionalistas, sino que me atuve a la antigua y excelente rutina de la profesión en la cual seguiría actualmente de no ser por un pequeño accidente que sobrevino en el curso de una de las operaciones habituales de la misma. Toda vez que un avaro rico, o un heredero manirroto, o una sociedad en bancarrota se decide a construir un palacete, no hay en el mundo mejor cosa que impedir que lo hagan, y toda persona inteligente sabe cómo arreglárselas para ello. En realidad, esta intervención constituye la base del Mal de Ojo como profesión. En efecto, tan pronto como alguna de las partes nombradas proyecta levantar un edificio, nosotros, los hombres de negocios, adquirimos un bonito rincón del lote donde van a edificarlo, buscando quedar situados frente al mismo o al lado. Hecho esto, esperamos hasta que el palacio anda ya por la mitad, y entonces pagamos a un arquitecto de buen gusto para que nos levante a nuestra vez una cabaña de barro sumamente decorativa, o una pagoda oriental u holandesa, o un chiquero, o alguna fantasía ingeniosa, sea esquimal, kickapoo u hotentote. Como es natural, no podemos consentir en demoler dicha construcción por menos de un precio superior en un 500 por 100 al de nuestro lote y material de construcción. ¿Cómo podríamos proceder de otro modo? Lo pregunto a los hombres de negocios. Sería irracional suponer semejante cosa. Y, sin embargo, no faltó una sociedad de aventureros que me pidió que lo hiciera... ¡a mí, nada menos! Ni que decir que ni siquiera contesté a tan absurda propuesta, pero aquella misma noche consideré de mi deber cubrir el frente de su palacio con negro de humo. Aquellos irrazonables villanos me metieron en la cárcel y, cuando salí, las personas vinculadas con el negocio del Mal de Ojo se vieron forzadas a interrumpir sus relaciones conmigo.
El negocio de Asalto y Agresión, en el cual me vi forzado a aventurarme a fin de ganar el sustento, no se adaptaba muy bien a mi delicada constitución, pero de todos modos lo tomé de buen grado y me vi protegido, como antes, por los severos hábitos de metódica precisión que me había inculcado aquella excelente nodriza, por cierto que sería el más vil de los hombres si no la tuviera en cuenta en mi testamento. Observando, repito, el sistema más estricto en todas mis operaciones, y llevando mis libros con mucho cuidado, pude superar grandísimas dificultades, estableciéndome por fin de manera muy cómoda en la profesión. Estoy seguro de que pocas personas han tenido un negocio tan agradable como el mío. Copiaré una o dos páginas de mi diario, lo cual me evitará hablar en especial de mí mismo, condenable práctica a la cual no se rebaja ningún hombre de altas miras. El diario, en cambio, no miente nunca.
«2 de enero.- Vi a Snap en la Bolsa. Me le acerqué y le pisé los pies. Cerró el puño y me tumbó al suelo. ¡Excelente! Volví a levantarme. Tuve una ligera dificultad con Bag, mi abogado. Quiero mil dólares de indemnización, pero insiste en que por un mero puñetazo no conseguiremos más que quinientos. Memorándum: debo quitarme de encima a Bag. Carece de sistema.
»3 de enero.- Fui al teatro en busca de Gruff. Lo vi en un palco de la segunda fila, entre una dama gruesa y otra delgada. Los estuve mirando con los gemelos hasta que la dama gorda enrojeció y dijo algo a G. Entré entonces en el palco, poniendo la nariz al alcance de la mano de G. No me quiso tirar de ella. Me soné e hice otra tentativa: nada. Me senté entonces y me puse a guiñar el ojo a la dama flaca, hasta tener la satisfacción de que G. me agarrara por el cuello y me tirara a la platea. Dislocación de cuello y pierna derecha completamente astillada. Volví a casa contentísimo, bebí una botella de champaña y asenté en mis libros al joven Gruff por la suma de cinco mil dólares. Bag dice que todo saldrá bien.
»15 de febrero.- Llegué a un acuerdo en el caso de Mr. Snap. Ingreso consignado: cincuenta centavos (ver libros).
»16 de febrero.- Perdí el pleito contra el canalla de Gruff, quien me hizo un regalo de cinco dólares. Costas del proceso: cuatro dólares y veinticinco centavos. Beneficio neto (ver libros), setenta y cinco centavos.»
Pues bien, en un período tan breve, puede verse, por lo que antecede, que había obtenido un beneficio de un dólar y veinticinco, nada más que en los casos de Snap y Gruff; por lo demás, aseguro solemnemente al lector que estos extractos han sido tomados de mi diario al azar.
Un viejo y muy cierto adagio afirma, sin embargo, que el dinero no es nada al lado de la salud. Pronto descubrí que los esfuerzos de mi profesión no convenían a mi delicada constitución; cuando no me quedó hueso sano en el cuerpo, y mis amigos, al encontrarme en la calle, no se atrevían a asegurar que yo fuera Peter Profitt en persona, se me ocurrió que lo mejor era cambiar de negocio. Consagré por tanto mi atención al Barrido de las Aceras y me dediqué al mismo durante varios años.
Lo malo de esta ocupación está en que demasiadas personas se aficionan a ella y la competencia se vuelve excesiva. Cualquier ignorante que no tiene inteligencia en cantidad suficiente como para abrirse camino como anunciador callejero, en el Mal de Ojo o en el Asalto y Agresión, piensa que le irá perfectamente como barredor de aceras. Pero nunca hubo idea tan errónea como la de creer que para este negocio no hace falta inteligencia. Y, sobre todo, que en él se puede prescindir del método. Por mi parte sólo lo practicaba al por menor, pero mis viejos hábitos de sistema me mantenían magníficamente a flote. En primer lugar elegí con todo cuidado el cruce de calle que me convenía, y jamás arrimé una escoba a otras aceras que no fueran ésas. Tuve buen cuidado, además, de contar con un excelente charco de barro a mano, del cual podía proveerme en un instante. Gracias a todo ello llegué a ser conocido como hombre de confianza; y permítaseme decir que, en los negocios, esto representa la mitad de la batalla ganada. Jamás persona alguna que me hubiera ofendido tirándome tan sólo un cobre alcanzó a llegar al otro lado de mi cruce con los pantalones limpios. Y como mis costumbres comerciales en este sentido eran suficientemente conocidas, nunca me vi sometido al menor abuso. De haber ocurrido así, no lo habría tolerado. Puesto que no pretendía imponerme a nadie, no estaba dispuesto a que nadie se burlara de mí. Claro que no podía impedir los fraudes de los bancos. El cierre de sus puertas me creaba inconvenientes ruinosos. Pero los bancos no son individuos, sino sociedades, y las sociedades carecen de cuerpos donde se puedan aplicar puntapiés y de almas que mandar al demonio.
Estaba ganando dinero en este negocio cuando, en un momento aciago, me dejé tentar e ingresé en la Salpicadura de Perro, profesión un tanto análoga, pero de ninguna manera tan respetable. A decir verdad, estaba muy bien instalado en pleno centro y tenía lo necesario en materia de betún y cepillos. Mi perrito era muy gordo y estaba habituado a todas las variantes del oficio, pues llevaba en él largo tiempo, y me atrevo a decir que lo comprendía. Nuestra práctica general era la siguiente: Luego de revolcarse convenientemente en el barro, Pompeyo se instalaba en la puerta de la tienda hasta ver a un dandy que venía por la calle con los zapatos relucientes. Se le acercaba entonces y se frotaba una o dos veces contra él. Como es natural, el dandy juraba abundantemente y luego miraba en torno en busca de un lustrador de zapatos. Y allí estaba yo, bien a la vista, con betún y cepillos. El trabajo sólo tomaba un minuto y su resultado eran seis centavos. Esto me bastó por un tiempo; yo no era avaricioso, pero en cambio mi perro sí lo era. Le cedía un tercio de los beneficios, hasta que le aconsejaron que pidiera la mitad. Imposible tolerar semejante cosa, de modo que, luego de discutir, nos separamos.
Por un tiempo ensayé la profesión de organillero, y debo admitir que me fue bastante bien. Es un negocio sencillo, directo y que no requiere aptitudes especiales. Puede usted comprar un organillo por muy poco dinero y, a fin de ponerlo en buen estado, basta abrirlo y darle tres o cuatro martillazos. Mejora el tono del instrumento —para sus finalidades comerciales— mucho más de lo que usted imaginaría. Hecho esto, no hay más que echar a andar con el organillo a la espalda hasta ver un jardín delantero bien cubierto de grava y un llamador envuelto en piel de ante. Se detiene uno entonces y se pone a dar vueltas a la manija, adoptando el aire de quien está dispuesto a quedarse ahí y tocar hasta el juicio final. Muy pronto se abre una ventana y alguien arroja seis peniques, pidiendo al mismo tiempo: «¡Deje de tocar y váyase!» Estoy enterado de que ciertos organilleros han aceptado marcharse por esta suma; por mi parte, mis gastos de capital eran demasiado grandes para permitirme hacerlo por menos de un chelín.
Obtuve buenos beneficios con esta ocupación, pero de todos modos no me sentía satisfecho y acabé por abandonarla. Diré la verdad: trabajaba con el inconveniente de carecer de un mono, aparte de que las calles de Norteamérica son tan sucias, el populacho tan molesto... y no digamos nada de la cantidad de mocosos traviesos.
Estuve sin empleo algunos meses, pero por fin, a fuerza de gran perseverancia, logré introducirme en el Falso Correo. En este negocio las obligaciones son sencillas y procuran bastantes beneficios. Por ejemplo: de mañana muy temprano, tenía que preparar mi fajo de cartas falsas. Dentro de cada una escribía unas pocas líneas sobre cualquier cosa, con tal de que tuviera un aire misterioso, y firmaba aquellas epístolas «Tom Dobson» o «Bobby Tompkins». Cerradas y lacradas, procedía a aplicarles falsos sellos de Nueva Orleans, Bengala, Botany Bay o cualquier otro lugar muy distante. Me ponía luego en marcha, como si llevara mucha prisa. Siempre llamaba a las casas importantes, entregaba una carta y recibía el pago del porte correspondiente. Nadie vacila en pagar el porte de correos por una carta, especialmente si es voluminosa. ¡La gente es tan estúpida! Y ni que decir que me sobraba tiempo para dar vuelta a la esquina antes de que tuvieran tiempo de enterarse de la epístola. Lo peor de esta profesión es que me obligaban a caminar mucho y rápidamente, así como a variar de continuo mi itinerario. Además, me producía grandes escrúpulos de conciencia. Jamás he podido tolerar los insultos a las personas inocentes, y la forma en que toda la ciudad maldecía a Tom Dobson y a Bobby Tompkins era realmente muy penosa de escuchar. Terminé lavándome las manos del asunto lleno de repugnancia.
Mi octava y última especulación consistió en la Cría de Gatos. Dicho negocio me resultó el más agradable y lucrativo de todos, sin que me diera el menor trabajo. Como es sabido, la región está plagada de gatos, al punto que recientemente se debatió en la Legislatura, en una memorable sesión, un pedido de ayuda firmado por personas tan numerosas como respetables. En aquel momento la Asamblea se hallaba excepcionalmente bien informada de los problemas públicos, y coronó sus muchas, sabias y saludables decisiones con la Ley de los Gatos. En su forma original, esta ley ofrecía una recompensa por toda cabeza de gato, a razón de cuatro centavos la pieza; pero más tarde el Senado enmendó el artículo correspondiente, sustituyendo «cola» por «cabeza», y la enmienda era tan adecuada que la Asamblea la aprobó nemine contradicente[1].
Tan pronto el gobernador hubo firmado el decreto, invertí todo mi capital en la compra de gatos. Al principio sólo podía alimentarlos con ratones, que son baratos, pero pronto aquellos animales cumplieron las prescripciones de la Escritura a una velocidad tan maravillosa que su número me permitió adoptar una política liberal, y desde entonces los alimenté con ostras y tortuga. Sus colas, a precio legislativo, me proporcionan hoy en día una buena renta, pues he descubierto un procedimiento basado en el aceite macasar, que me permite obtener tres cosechas anuales. Me encanta asimismo que los animalitos se hayan acostumbrado de tal manera que prefieran perder la cola a conservarla. Me considero, pues, un hombre que ha completado su carrera, y estoy negociando la compra de una finca sobre el Hudson.


[1] Hay aquí un juego de palabras intraducibie pues «cabeza»y «cola» equivalen a «cara»y «cruz». (N. del T.)

X en un suelto, cuento de Edgar Allan Poe



Como es sabido que los «sabios» vienen «del Oriente»[1] y el señor Veleta Cabezudo vino también del Este, se sigue que el señor Cabezudo era un sabio. Si hiciera falta una prueba accesoria, hela aquí: el señor C. era director de periódico. La irascibilidad constituía su solo lado flaco, pues la obstinación de la cual se lo acusaba no era en absoluto una debilidad, ya que él la consideraba justamente como su fuerte. Allí residía su mérito, su virtud, y hubiera hecho falta toda la lógica de un Brownson para convencerlo de que estaba equivocado.
He demostrado que Veleta Cabezudo era un sabio; la única ocasión en que no se mostró irascible fue cuando hizo abandono de ese legítimo hogar de todos los sabios, el este, y emigró a la ciudad de Alejandromagnópolis, o a cualquier sitio de nombre parecido, en el oeste.
Debo, sin embargo, declarar en su favor que, cuando se decidió finalmente a instalarse en dicha ciudad hallábase convencido de que en esta parte del país no existía ningún periódico y, por tanto, ningún director. Al fundar La Tetera, esperaba ser el único dueño del campo. Estoy seguro de que jamás se le habría ocurrido instalarse en Alejandromagnópolis si hubiera sabido que en Alejandromagnópolis vivía un caballero llamado John Smith (si recuerdo bien), quien, durante muchos años, había engordado tranquilamente dirigiendo y publicando la Gaceta de Alejandromagnópolis. Vale decir que, sólo por haber sido mal informado, el señor Cabezudo vino a parar a Alejan... Llamémosle Nópolis, para abreviar. Pero, una vez que estuvo en ella, decidió mantener su reputación de obsti... de firmeza, y quedarse. Por lo cual se quedó, e hizo aún más: desempaquetó su prensa, su tipo, etcétera, etc., alquiló un local situado exactamente enfrente de la Gaceta y, a la tercera mañana de su arribo, lanzó el primer número de La Tetera de Alejan..., vale decir La Tetera de Nópolis, que así, si mis recuerdos no me engañan, se titulaba el nuevo periódico.
El editorial, debo admitirlo, era brillante, por no decir severo. Se mostraba especialmente duro con todas las cosas en general, y en particular con el director de La Gaceta, quien quedaba reducido a hilas. Algunas observaciones de Cabezudo eran tan terribles, que desde entonces me he visto obligado a considerar a John Smith —quien todavía vive— como una especie de salamandra. No pretendo reproducir verbatim todas las frases de Cabezudo, pero una de ellas era como sigue:
«¡Oh, sí! ¡Oh, ya vemos! ¡Oh, indudablemente! El director de enfrente es un genio... ¡Oh, dioses! ¡Oh, cielos! ¿A qué ha llegado el mundo? O Témpora! O mores!»
Semejante filípica, a la vez tan cáustica y tan clásica, cayó como una granada entre los hasta entonces pacíficos ciudadanos de Nópolis. Grupos de excitados vecinos se juntaban en las esquinas. Todos esperaban, con sincera ansiedad, la respuesta del decoroso Smith, la cual apareció al día siguiente en esta forma:
«Extraemos de La Tetera de ayer el siguiente párrafo: “¡Oh, sí! ¡Oh, ya vemos! ¡Oh, indudablemente! ¡Oh dioses! ¡Oh, cielos! O, témpora! O, mores!” ¡Vamos! ¡Pero este hombre es todo O! Esto explica que razone en círculo, y que por eso no haya ni pies ni cabeza en lo que dice. Estamos plenamente convencidos de que el pobre hombre es incapaz de escribir una sola palabra que no contenga una O. ¿Será una costumbre suya? Dicho sea de paso, este sujeto llegó del este con gran precipitación. ¿No habrá cometido algún dolo, o tendrá tantas deudas como las que ya tiene aquí? ¡Oh, es lamentable!»
No intentaré describir la indignación del señor Cabezudo ante estas escandalosas insinuaciones. Contra lo imaginable, sin embargo, y de acuerdo con el principio de las plumas de pato sobre las cuales resbala el agua, no era el ataque a su integridad el que más lo ofendía. Lo que lo inducía a la desesperación era que se burlaran de su estilo. ¡Cómo! ¡Él, Veleta Cabezudo, incapaz de escribir una palabra que no contuviera una O! Bien pronto iba a probar a ese ganapán que estaba equivocado. ¡Sí, ya le mostraría hasta qué punto estaba equivocado! El Veleta Cabezudo, procedente de Ranápolis, demostraría al señor John Smith que él, Cabezudo, era capaz de redactar, si así le parecía, un suelto completo... ¡sí, señor, un artículo entero!... donde tan despreciable vocal no figuraría ni una sola, lo que se dice ni una sola vez. ¡Pero no! Eso significaría inclinarse ante el susodicho John Smith. Él, Cabezudo, no cambiaría en nada su estilo, y menos para satisfacer los caprichos de un señor Smith. ¡Que tan vil pensamiento cayera en la nada! ¡Viva la O! Persistiría en la O. Sería todo lo O-bstinado que pudiera.
Lleno de ardor ante lo caballeresco de tal determinación, el gran Veleta se limitó a insertar en La Tetera el siguiente suelto alusivo al desdichado asunto:
«El director de La Tetera tiene el honor de informar al director de La Gaceta que (La Tetera) aprovechará su edición de mañana para convencer (a La Gaceta) de que (La Tetera) puede y ha de ser su propio amo en materia de estilo; y que (La Tetera), con objeto de mostrar (a La Gaceta) el supremo y absoluto desprecio que las críticas (de La Gaceta) provocan en el seno independiente (de La Tetera), compondrá para especial satisfacción (?) (de La Gaceta) un artículo de fondo de cierta extensión,  en el cual tan hermosa vocal —emblema de la Eternidad—, tan inofensiva para la hiperexquisita sensibilidad (de La Gaceta) no ha de ser ciertamente evitada por este muy obediente y humilde servidor (de La Gaceta). La Tetera.»
En cumplimiento de tan augusta amenaza, antes nebulosamente insinuada que claramente enunciada, el gran Cabezudo hizo oídos sordos a todos los pedidos de «material» y, limitándose a decir a su regente que se fuera al demonio, en momentos en que éste (el regente) le aseguraba que ya era tiempo de que La Tetera entrara en prensa, el gran Cabezudo, repetimos, hizo oídos sordos a todo y pasó la noche quemándose las pestañas hasta el alba, absorto en la composición del incomparable suelto que sigue:
«¡Oh, John; oh, tonto! ¿Cómo no te tomo encono, lomo de plomo? ¡Ve a Concord, John, antes de todo! ¡Vuelve pronto, gran mono romo! ¡Oh, eres un sollo, un oso, un topo, un lobo, un pollo! ¡No un mozo, no! ¡Tonto goloso! ¡Coloso sordo! ¡Te tomo odio, John! ¡Ya oigo tu coro, loco! ¿Somos bobos nosotros? ¡Tordo rojo! ¡Pon el hombro, y ve a Concord en otoño, con los colonos!», etc.
Exhausto, como es natural, por tan estupendo esfuerzo, el gran Veleta no fue capaz de ocuparse aquella noche de otra cosa. Firme, sereno, pero a la vez con un aire de autoridad vigilante, alargó su manuscrito al aprendiz tipógrafo y, tras ello, marchando sin apuro a casa, acogióse a su lecho con inefable dignidad.
Entretanto, el aprendiz a quien había sido confiado el suelto voló sin perder un instante a su caja y dispúsose a componer el manuscrito. Dado que la palabra inicial era ¡Oh...!, zambulló la mano en el agujero correspondiente al signo de admiración y la retiró triunfante con uno de dichos signos. Entusiasmado por este buen éxito, lanzóse de inmediato y con gran ímpetu al cajetín de las «oes» mayúsculas; pero, ¿quién describirá su horror cuando sus dedos volvieron a salir sin la anticipada letra entre los mismos? ¿Quién pintará su estupefacción y su rabia al advertir, mientras se frotaba los nudillos, que su mano no había hecho otra cosa que tantear inútilmente el fondo de un cajetín vacío? En el compartimento de las «o» mayúsculas no quedaba una sola «o» mayúscula; y, lanzando una ojeada temerosa al de las «o» minúsculas, el aprendiz comprobó para su indescriptible espanto que tampoco había allí ninguna letra. Despavorido, su primer impulso fue correr en busca del regente.
—¡Oh, señor! —jadeó, tratando de recobrar el aliento—. ¡No puedo componer nada si me faltan las oes!
—¿Qué diablos quieres decir? —gruñó el regente, malhumorado por el retardo de la edición.
—¡Señor... no queda ni una o en la caja... ni grande ni chica!
—¿Cómo? ¿Y dónde demonio han ido a parar todas las que había?
—Yo no sé, señor —dijo el chico—, pero uno de los aprendices de La Gaceta anduvo dando vueltas por aquí toda la noche, y a mí me parece que se las debe de haber robado.
—¡Que el infierno se lo trague! ¡Claro que sí! —gritó el regente, rojo de rabia—. No importa, Bob, yo te diré lo que has de hacer. En la primera ocasión que tengas entras allá y les sacas todas las «íes» que tengan... ¡y las «zetas» también, malditos sean!
—De acuerdo —dijo Bob, guiñando el ojo—. Ya lo creo que iré, y ya lo creo que les haré una buena. Pero... ¿y este suelto? Hay que componerlo esta noche, porque si no...
—Ya veo —dijo el regente, suspirando profundamente—. ¿Es un suelto muy largo, Bob?
—Yo no diría que es muy largo —opinó Bob.
—¡Ah, bueno, entonces arréglate como puedas! Sea como sea, tenemos que entrar de una vez por todas en prensa —agregó distraídamente el regente, sumergido hasta los codos en su trabajo—. En vez de «o» pon cualquier otra letra; de todos modos nadie va a leer lo que este tipo escribe.
—Muy bien —dijo Bob, y se volvió corriendo a su caja, mientras murmuraba para sí: «¿Con que tengo que ir a sacarles todas las “íes” y las “zetas”, eh? ¡Pues yo soy el hombre para eso!» La verdad es que Bob, aunque sólo tenía doce años y cuatro pies de estatura, estaba pronto para afrontar cualquier lucha, siempre que no fuera muy dura.
La orden que acababa de darle el regente no era demasiado insólita, pues cosas así suelen ocurrir en las imprentas. Aunque me resulta imposible explicarlo, cuando eso sucede se acude siempre a la x como sustituto de la letra faltante. Quizá la razón resida en que la x tiende a sobreabundar en las cajas de composición (o, por lo menos, así ocurría en otros tiempos), por lo cual los impresores se han ido acostumbrando a emplearla para sustituir otras letras. En cuanto a Bob, frente a un caso como el presente, hubiera considerado escandaloso emplear otra letra que la x, pues tal era su costumbre.
—Tendré que ponerle x a este suelto —se dijo, mientras lo leía lleno de estupefacción—, pero que me cuelguen si no es el suelto con más oes que he visto en mi vida.
Inflexible, sin embargo, procedió a componer usando la x, y así entró el suelto en prensa.
A la mañana siguiente la población de Nópolis se quedó de una pieza al leer en La Tetera el siguiente extraordinario artículo:
«¡Xh, Jxhn, xh, txntx! ¿Cxmx nx te txmx encxnx, lxmx de plxmx! ¡Ve a Cxncxrd, Jxhn, antes de txdx! ¡Vuelve prxntx, gran mxnx rxmx! ¡Xh, eres un sxllx, un xsx, un txpx, un lxbx, un pxllx! ¡Nx un mxzx, nx! ¡Txntx gxlxsx! ¡Cxlxsx sxrdx! ¡Te txmx xdix, Jxhn! ¡Ya xigx tu cxrx, lxcx! ¿Sxmxs bxbxs nxsxtrxs? ¡Txrdx rxjx! ¡Pxn el hxmbrx, y ve a Cxncxrd en xtxñx, cxn Ixs cxlxnxs!», etc.
Difícil es concebir la agitación ocasionada por este místico y cabalístico artículo. La primera idea concreta que circuló entre el pueblo fue que en esos jeroglíficos se encerraba alguna traición diabólica, por lo cual hubo un avance general en dirección al domicilio de Cabezudo, a efectos de lincharlo. Pero dicho caballero no se encontraba allí. Habíase evaporado, sin que nadie supiera decir cómo, y desde entonces no se ha vuelto a ver ni siquiera su fantasma.
Incapaz de descubrir al legítimo objeto de su cólera, la muchedumbre fue calmándose poco a poco, dejando a manera de sedimento diversas opiniones sobre este desdichado asunto.
Un caballero opinaba que todo había sido una excelente broma.
Otro sostuvo que, de todas maneras, Cabezudo había demostrado poseer una fantasía exuberante.
Un tercero lo declaró excéntrico, pero no más que eso.
Un cuarto sólo alcanzaba a suponer, en el plan de Cabezudo, el deseo de expresar su exasperación de manera general.
«Digamos —completó un quinto— que quería exponer un ejemplo para la posteridad.»
Para todo el mundo resultaba claro que Cabezudo había sido arrastrado a tales extremos y, puesto que dicho director había desaparecido, hablóse en cierto momento de linchar al que quedaba.
La conclusión más compartida, sin embargo, fue que el asunto era sencillamente extraordinario e inexplicable. Incluso el matemático del pueblo admitió que no encontraba la solución del problema. Como todo el mundo sabía, x representaba una cantidad desconocida, una incógnita; pero en este caso (como hizo notar apropiadamente) había además una cantidad desconocida de x.
La opinión de Bob (que mantuvo en secreto su intervención en las x del suelto) no encontró la atención que a mi juicio merecía, aunque fue expresada abiertamente y sin ningún temor. Bob manifestó que, por su parte, no le cabían dudas sobre el asunto, pues era muy sencillo: «Nadie pudo persuadir jamás al señor Cabezudo de que bebiera lo que bebían los otros muchachos del pueblo; se pasaba el tiempo bebiendo esa condenada cerveza marca XXX, y, como natural consecuencia, se le mezcló con la bilis y lo hizo volverse extremadamente extravagante.»


[1] The wise men, los Reyes Magos. Literalmente, «los sabios». (N. del T.)